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Nosotros, los que fuimos (y III)

Publicado en Artículos
08 Julio 2011 by

"El tiempo de vivir es para todos breve e irre
parable", meditaba Virgilio. "El tiempo se va para no volver", concluía. Pero el tiempo transitado deja siempre señales en el mapa de los recuerdos. Marcas de distinta naturaleza, de distinta intensidad.

Seres humanos con los que compartimos momentos sencillos o trascendentes, paisajes imborrables, pulsiones íntimas, imágenes nítidas, timbres de voz inconfundibles, lugares comunes... Las fotos que les ofrezco hoy, tienen para mí un sabor agridulce, porque algunas de las personas que aparecen en ellas, ya no están entre nosotros, aunque sus rostros en blanco y negro nos acompañen en este paseo por la nostalgia.
El nutrido grupo que festeja una nevada "de las de entonces" en el Parque de Medal, junto al kiosco de la música, está compuesto por alumnos y alumnas del recién inaugurado
Colegio Libre Adoptado de Enseñanzas Medias de Vegadeo, sito en la carretera de Taramundi. Novillos colectivos para retozar en la nieve. La edad de los concurrentes calculo que estaría entre los catorce y los dieciséis años. Pepe el bedel, vara en ristre, había tratado de evitar la desbandada. Vano intento. La estampida no se llevó por delante al bueno de Pepe, porque se apartó a tiempo de la puerta de salida.

De izquierda a derecha, Mª Carmen, MªFlor Veiguela, "Jita", MªJuli, Maruja Sanjurjo, Luis Gayol, Manolo Villamil, Juan Seijo, Carlitos de don Urbano, y Fico Arruñada. Agachados, Alberto de Mon, Pepe del Bizco, Manolito de Nemesio, Chito Margaride, Nicolás de Eulogio, Luís Villamil y Paulino Castaño. La foto, hecha por Arturo, no tiene fecha en el reverso, pero sí el sello, borroso ya, del fotógrafo decano de Vegadeo. Como la deserción de las aulas fue masiva, con buen criterio, los profesores optaron por no ponernos falta.

Siguiente instantánea, clase de gimnasia. Nicolás de Eulogio y Javier de los Americanos, bordando un estatismo al uso. Aunque la cara de coña de Javier es más que evidente, y la de un servidor tiende al hieratismo, en honor de la verdad he de confesarles que nos costó un riñón semejante chulería. En segundo plano, de derecha a izquierda, Suso de Vitorín, Amador el del maestro, J.M. Simón, "Fega" el pintor, "Ferviendo" de Seares, Rey d e San Tirso, Severino de Arturo y dos más, que no reconozco aunque me maten. En un tercer plano, las chicas, camisa blanca y pololos azules, a las ordenes de Concha del Barrés. El avispado lector observará que, mientras que las niñas iban correctamente uniformadas, nosotros parecíamos las tropas de Pancho Villa. Como el mal llamado "gimnasio" tenía el suelo de cemento sin compactar, la nube de polvo que se levantaba con el menor ejercicio era irrespirable. Por ello, la campa trasera del liceo, nos acogía amorosamente día sí, día también, salvo que cayesen chuzos de punta.

La imagen castrense, en la cantina del C.I.R. en El Ferral del Bernesga, es del invierno crudísimo de 1974. En el aguerrido grupo de soldados, de izquierda a derecha, Nicolás de Eulogio, Manolo de Las Campas, un desconocido, Carlitos de los Americanos, Severino de Arturo, otro desconocido y Javier Canel. Como Manolo de Las Campas era Cabo Primero y los demás pelusos rasos, mondos y lirondos, se convirtió en nuestro particular ángel de la guarda, librándonos más de una vez de las iras de aquel sádico sicópata conocido como "Picurri", que disfrutaba pegando a los reclutas impunemente con el menor pretexto. El tal "Picurri", que era analfabeto funcional y con un cerebro como un grillo (con perdón de los grillos), también era Cabo Primero, pero le temía a Manolo más que a un nublado, porque el de Las Campas era bravo y nunca le perdió la cara al payaso aquel de León. La última vez que nos vimos, escanciamos varias botellas de sidra en "La Terraza" de Tapia. Y nos reímos a mandíbula batiente denuestras "gestas heroicas" el El Ferral. A los pocos meses me enteré de que se había muerto. Lo sentí muchísimo y todavía lo siento. A Carlitos le perdí el rastro hace mil años. A Severino y a su hermano Tonín los saludé el pasado año cuando embarcaban en su "Zaconela" para pasear por la ría. Buena gente los Fernández Vior, pura raza veigueña. Y a Canel, vecino y amigo de infancia, la última vez que le vi hablaba con más acento argentino que el gaucho Martín Fierro. Me contó que había cruzado el charco...

Cuando el Corpus toledano asomaba por el horizonte, tuve una gratísima tertulia con un médico sabio, setentón y esclarecido, en un velador de la Vega Baja. Quedamos a desayunar y levantamos el culo de la silla a las dos de la tarde. Me descubrió una magnífica herramienta mental para generar endorfinas. Buscar el silencio bajo un árbol, cerrar los ojos, respirar con el diafragma y hacer sucesivos viajes astrales al pasado feliz. Censurando concientemente cualquier atisbo de dolor del alma. Y disfrutar de aquello que fuimos...

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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