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Elogio y refutación de la tolerancia

Publicado en Artículos
06 Enero 2011 by

Introito oportuno: A raíz de la publicación en la revista comarcal "La Vega", de mi artículo "Vegadeo: nostalgia de la concordia", recibí una apasionante y apasionada carta de una persona (no voy a desvelar su identidad por respeto) de la que guardo en mi memoria muy gratos recuerdos de adolescencia y mocedad.


En el texto epistolar, mi comunicante se mostraba rotundamente disconforme con el contenido de mi escrito. Nada que objetar. Fui columnista de "Diario-16", "El Día" de Toledo y "La Región" de Castilla- La Mancha. Y durante tres años, subdirector primero y director después de la revista "Toledo Magazine". Quiero decir con ello que tengo cierta costumbre de fajarme en la legítima discrepancia dialéctica. Y como no podría ser de otro modo, admito sin acritud toda suerte de críticas.
Pero lo que me parece surrealista, es que alguien trate de amordazarme aduciendo que, como no vivo en Vegadeo, estoy deslegitimado para opinar sobre la vida y milagros de mi patria chica. Semejante argumento pueril, me invalidaría también para tener mi propio criterio sobre la Revolución Francesa o las Guerras Púnicas, porque aunque ya tengo unos añitos, tampoco estuve allí.

Ni toco de oído ni escribo al dictado. Desfilo al son de mis propios tambores y soy refractario a batutas ajenas. ¡Hasta ahí podríamos llegar a estas alturas de la misa! Estamos en el siglo XXI, en plena era cibernética, donde la información se traslada por todos los confines del planeta en apenas unos segundos. E Internet es una herramienta de uso común al alcance de cualquiera.

Bien es verdad que determinados personajes que pululan por el ecosistema de las riberas del Eo, presentan de modo recurrente funestos ramalazos medievales, cuando el vasallaje era moneda habitual de cambio y se rendía pleitesía al señor feudal, dueño de vidas y haciendas. Pero han perdido el tren y ello les tiene y mantiene en constante estado de alerta, por miedo cerval a perder prebendas y regalías. Y por ello disparan a tenazón a todo lo que les pueda mover el culo del privilegiado sitial.

El derecho a opinar es una conquista ciudadana que hasta los niños de primaria incorporan a su vida cotidiana, mientras crecen y maduran. Sin mentir, insultar o injuriar, se puede y se debe opinar de lo divino y de lo humano. Es un ejercicio saludable de higiene mental, de participación social y de aportación individual a la aldea global.

Desde que José Antonio, el esforzado patrón de "La Vega", ese heroico barco de papel, y mi buen amigo J.J. Pardo, jefe de pista del digital "riadeleo" me invitaron a colaborar en sus páginas, me siento muy honrado por disponer de un cordón umbilical que me una a mis paisanos. Y mientras que el caprichoso destino me deje, ahí voy a seguir estando. A favor o en contra del viento, depende. Siempre desde la independencia y el albedrío, claro está.

Dice un viejo proverbio castellano que "el que no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas". Sobran los comentarios. Y si alguno tiene manía persecutoria, el psicoanálisis es mano de santo, sin descartar la lectura sosegada de la Constitución Española de 1978 y su articulado sobre la libertad de expresión.

En "Las meditaciones del Quijote", afirma don José Ortega y Gasset, que "la tolerancia es la actitud propia de toda alma robusta". Y el diccionario de la Real Academia, en su segunda acepción, señala que la tolerancia es "respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras".

Sin entrar en sesudas reflexiones metafísicas, a nadie se le escapa que el ser humano nace con la mochila vacía y la va llenando poco a poco mediante un largo proceso de aprendizaje que no concluye hasta la muerte. Y en ese aprendizaje, uno, por observación, curiosidad y necesidad de socializarse e integrarse en su medio natural, va atesorando destrezas y habilidades múltiples, físicas e intelectuales, para tratar de progresar en pos del bienestar y la felicidad propios y de sus seres queridos.

No obstante, para aprender no basta con tener determinadas aptitudes o determinado talento, sino que es imprescindible combinar y mezclar -con sabiduría de alquimista- una abultada nómina de actitudes que propicien el crecimiento personal. Y entre otras muchas cosas, la tolerancia se aprende. Requiere cierta modestia, cierta cultura y cierta educación, pero se aprende. Abstenerse de cualquier intento los que practican el sectarismo, el "muera quien no piense como yo", los mercenarios intrauterinos y los que desconocen la decencia.

Porque como dice un viejo y querido maestro, "enseñar al que no sabe es una obra de caridad, enseñar al que no quiere es una gilipollez". Cuando oigo decir al esclarecido de turno, con absoluta autocomplacencia, que no ha cambiado de modo de pensar en toda su vida, se me ponen los pelos como escarpias. Ya que semejante individuo o carece de capacidad alguna para sorprenderse, reflexionar y retroalimentarse, o tiene piel de paquidermo y la madre naturaleza le ha privado de percepción sensible y gasta menos cerebro que un grillo (con perdón de los grillos) y más soberbia que un pavo real.

En el otro extremo de la cucaña, están los especímenes con notabilísima facilidad para travestirse, mimetizarse y camuflarse. Los especialistas en el efecto veleta, que se mueven sin pudor alguno allá donde sople el viento. Estos ejemplares tan comunes, que cambian de piel como las serpientes, suelen tener su hábitat en los círculos concéntricos de los partidos políticos. Y cuando toca, defienden con la misma vehemencia el estalinismo radical que la socialdemocracia prêt a porter. Cambian de maquillaje, como quien cambia de acera. Sin inmutarse. Sin sonrojarse.

Claro que cuando el subconsciente les traiciona y aflora la nada desdeñable berza mental que les adorna, suelen quedarse con las nalgas al aire ante el respetable. Pero cuidado: son inasequibles al desaliento, retorcidos como rabo de cerdo y como tienden a carecer de sentido del ridículo, tratan de matar al mensajero para lavar su mala conciencia y, de paso, acojonar al personal para que no se amotine. No me lleves la contraria, que no hay cosa que más me joda...

Con estos arquetipos es absolutamente legítimo ser intolerante. Justo y necesario. Por cordura social. Por dignidad ciudadana. Porque la libertad no se otorga, se conquista. Para eso están las elecciones, las urnas y los votos. Y tal vez algún día, las listas abiertas.

Los países europeos fueron tolerantes con el nacionalsocialismo alemán y ello nos condujo a un caos mundial. La Segunda República fue tolerante con Franco, Mola y Sanjurjo, y la sublevación militar del 18 de julio y posterior guerra civil desangró a España. Los romanos fueron tolerantes con los bárbaros y el Imperio sucumbió.

Hoy quiero ofrecerles sólo una fotografía antigua. Han pasado más de cincuenta años desde que Arturo el fotógrafo la hiciese en el parque "Los Pinos" de Vegadeo, en un "Baile del Sombrero". En ella, de izquierda a derecha, Pachico del Barrés, Nicolás de Eulogio y Miguel de Leandrín. Los tres tendríamos entonces nueve o diez primaveras.

A Pachico, -fallecido, aunque no ausente- hace ya más de siete años, en un pleno municipal se acordó por unanimidad ponerle una placa que le inmortalizase en los aledaños de su bar en la Calle Mayor. Hasta la fecha, los ediles de turno han incumplido el compromiso. A lo mejor, ahora que se aproximan las elecciones, utilizan la memoria de mi amigo para cosechar votos. ¡Qué vergüenza!

Y tanto Miguel como yo, a día de hoy, somos considerados personas poco gratas para determinada tribu política y sus palmeros, por habernos permitido el lujo de escribir unos artículos levemente críticos sobre el panorama actual de Vegadeo. ¡Viva la tolerancia...!.(¡Manda carallo...!)

Nicolás Fernández y Suárez del Otero

Vegadeo 1948.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, ejerció de profesor en varias universidades españolas.
Columnista, tertuliano, director de revista, pero sobre todo, visceralmente escritor y veigueño.

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