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Melodías de arrabal PDF Imprimir E-Mail
Misceláneas - Artículos
Escrito por Cándido Sanjurjo Fernández   
sábado, 23 de septiembre de 2006


 “El que todo lo crea

dió el alma con la música a las cosas…”

(R.de Campoamor.- “Doloras”)

No he de dudar que la urbe sienta, cree, acoja, disfrute de la música primaria, porque es evidente que es donde la multitud de gente vive, se forma, aprovecha las mejoras que el progreso ofrece.

          

Tampoco puedo esconder la ventaja que “el arrabal”, la zona no urbana, la rústica, la aldea, por el sencillo orden natural de las cosas, disfruta – tal vez sin saberlo – de la Armonía en estado naciente, en puridad.

            Al ponerme a escribir estas “reflexiones melódicas”, desde mi carencia de conocimientos del arte, he tratado de “documentarme “ para ello y cogí un libro, un Tratado de Armonía, viejo, tal vez obsoleto, pero sin duda básico porque se basa en los principios naturales publicados en 1722 por Juan Felipe Rameau.

            Habla en su introducción de valiosas aportaciones del Maestro D. Hilarión Eslava, como la que sigue: “En la aldea más infeliz de España se encuentran quienes canten al son de su guitarrillo diversos cantares, que contienen los elementos del arte musical moderno…  Esas tonadas sencillas contienen el fundamento de todos los procedimientos que han servido y servirán todavía para el progreso del arte"

            Por eso, y sabido que la música y la poesía viven juntas en armonía, pienso en el hombre poeta Belarmino, aquel que en Taramundi, hace más de sesenta años me enseñaba posturas de los dedos en el mástil de la guitarra para acompañar el canto de tangos, milongas, valses, habaneras…

            Allí, en el arrabal del Solleiro, en el alpende-taller de zapatero remendón, sentíamos vibrar melodías porteñas pregonadas a todos los vientos por el malogrado Carlos Gardel y que conectaban con las canciones pamperas de boyeros y vaqueros… “Renegando del destino, de trenzar leguas y leguas de aquella triste extensión…” “Y lejos, en el sendero, se escucha el canto del Tero…”

            Como el arquetipo del hombre de la Pampa Argentina , el Gaucho Martín Fierro, cantado por José Henández, más sin hazañas que contar ni que sustentar…


                           

Aquí me pongo a cantar

al compás de la vigüela.

que el hombre que lo desvela

una pena estraordinaria,

con el cantar se consuela.

 


           

¿Cómo no voy a cantar yo si canta el río, y la vega, y el arbolado de la huerta, y el matorral, cuando al toque del alba suenan las campanas…? (Campanas de Bastabales, cando vos oio tocar mórrome de soedades.- Rosalía)

                                  

                                    “Los grillos y las ranas

                                   cantaban a lo lejos

                                   y cantaban también los colorines

                                   sobre las jaras y los brezos

                                   y rodando, rodando de las sierras

                                   venía el dolondón de los cencerros

.


                                                                    (Luis Chamizo.- La Nacencia )


          

El lenguaje de los sonidos, al que llamamos música, lo llena todo. Surge de todo lo vivo, de lo que se mueve. La ramita del sauce que la corriente del río desplaza y ella recupera su postura, y la corriente vuelve a desplazarla, produce un chasquido repetido, un ritmo que no cesa mientras el nivel del agua no varíe o la rama no se rompa.

            La brisa que mueve las hojas del naranjo les hace producir el propio sonido de la hojarasca, mientras que a su sombra, la planta en forma de espadaña retiembla produciendo un rumor variable, cambiante, sorprendente por su rebullir sonorizado.

            Y cuando la primavera entibia el ambiente, despierta la savia vital de las plantas, abre las primeras tímidas florecillas… comienza el zumbido de los abejorros, el canto de los pajarillos, suena la orquesta natural de la vida del campo…

                                  

                                   “Y es salud el puro día,

                                   y ese trabajo es vigor,

                                   y ese ambiente es armonía,

                                   y esa luz es alegría:

                                   ¡¡Ara y canta, labrador!!.


                                                                                      (Popular castellana)
 

            

Dudo si estas mis “reflexiones melódicas” son tales, o si serán ensoñación, fantasía. En todo caso es evidente que multitud de grandes pensadores, de reconocida valía en el bien decir, así lo han manifestado en su obra. Por ejemplo J.M. Gabriel y Galán.- El Ama.

                                   “Lavando en el regato cristalino * cantaban las mozuelas, * y cantaba en los valles el vaquero,* y cantaban los mozos en las tierras, * y el aguador camino de la fuente, * y el cabrerillo en la pelada cuesta… * ¡Y yo también cantaba, * que ella y el campo hiciéronme poeta!

 

*…Y cantaban también aquellos campos, * los de las pardas onduladas cuestas, * los de los  mares de enceradas mieses, * los de las mudas perspectivas serias, * los de las castas soledades hondas,* los de las grises lontananzas muertas…*     …¡Monorrítmica música del llano * qué grato su sonar, qué dulce era!

            Fantasía o idealismo, pero Vegadeo villa capital de su concejo, tuvo, en tiempos no muy lejanos que mucha gente recuerda, su particular música ambiental, genuina, familiar, popular… “ La Canción de los martillos”  (Fragmentos.- M. Magallanes Moure.- Chileno)

 

                                   “Con alegre son * los martillos cantan * su alegre canción.

                                   Sus voces livianas * hacen en el aire * fiestas de campanas.

                                   No son perezosos; * sus repiqueteos * vibran presurosos.

                                   Cantan los martillos * y son sus cantares * Claros y sencillos

                                   Son cantos floridos, * cantatas de pájaros * que construyen                                            nidos…”

 

 

            Tintineaban rítmicos, a veces acompasados, desde Miou al Fondrigo; desde A Puntía a Galea; desde “As bodegas de Don Claudio” hasta a Calle Arriba…

 

            Ser “del montón” me place. Cada vez que asisto a un concierto del  CORO INFANTIL-JUVENIL  EO MUSICAL, me siento identificado con todos aquellos que aplauden con entusiasmo las actuaciones. Puede ser que haya  entendidos que pongan tachas a tal o cual aspecto, que las habrá, yo no lo se,  a mi me encanta oírles, y advierto que a mucha gente también le gusta.

 

            No alcanzo ese nivel de sensibilidad receptiva que deben tener las personas –pocas por cierto- capaces de ver en una pintura que parece una simple mancha, o un punto de otro color, o un trazo burdo de un pincel, todo un mensaje de espacios, de luces, de tonalidades…

 

            O ante una escultura que uno solo ve lo que es, ver volúmenes, tensiones, equilibrios…

 

            O un poema, que por más que uno relea no es capaz de saber que quiere decir su autor…y dar una explicación de que aquello es la verdadera poesía…

 

            Llego a pensar, y muchos como yo también lo piensan, que hay gente capaz de ver “El Nuevo Traje del Emperador” del cuento de Hans Cristian Andersen, que se leía en la escuela de mi infancia, hace una burrada de años.

 

            De Música, no puedo hablar tampoco, porque si bien he tocado algo la  armónica, la flauta travesera, el laúd, la guitarra, en mi juventud, lo hacía de oído. Escasamente he llegado a comprender la aplicación práctica de las notas y su duración en el compás.

 

            Aparte de eso, se lo que me agrada, al oído y a lo que sea, a eso que produce una sensación de sosegado placer interno.

 

 Lo encuentro, siempre rodeado de silencio, en ese Coro Infantil-Juvenil, en un concierto de piano, o de guitarra, o de canción lírica, o una orquesta, o un conjunto de instrumentos de viento de madera, o de metal, o de percusión, o de cuerda… sin amplificadores de sonido; tal como suena.

 

            Como ha sucedido en mis años mozos, han dejado en mi grato recuerdo aquellas veladas con el bohemio Amador Campos, guitarrista en grado superlativo, aunque muy desconocido…

 

            En la noche quieta, sentado en la vara de un carro del país, una vez templadas finamente las cuerdas de tripa, pulsaba aquella vieja guitarra con la delicadeza de un orfebre; de ese modo salían de ella las notas puras de las composiciones de Albéniz, Granados, Tárrega… o un garrotín gitano, o un tanguillo de Cádiz…

 

            Pero aquel artista bohemio era incapaz de tocar si una cuerda desafinaba un poco, o si alguien hablaba o se movía.

 

            Un conjunto de cuerda: Guitarra, Laúd, Bandurria y Mandolina que formaban la familia “Pupim”, Cómicos de la Legua , era un encanto, en tiempos en que solamente en las fiestas patronales de los pueblos se podía escuchar a un gaitero, o una banda de música de aldea.

 

            Tuvo de malo aquello que sentó un precedente, en una edad que asimila uno lo que le envuelve y queda impregnado, lo que dificulta la admisión de nuevas sensaciones.

 

            De ahí debe partir mi incapacidad para apreciar el mérito, el arte, el placer, el valor del progreso que tiene en si el gigantismo decibélico y lumínico intermitente de las actuales orquestas de feria, o los conciertos de cantantes “a grito pelado”, contorsionándose sudorosos/as entre un ruido ensordecedor y unos focos que atormentan.

 

            Dejándonos de reflexiones o de fantasías, una cosa está clara:    La Asociación de las Artes y la Cultura de Vegadeo ha logrado poseer un  Coro Infantil-Juvenil, de un alto nivel musical, artístico y humano. Entiendo que son condiciones complementarias, tan próximas, que si una falla las demás quiebran.

 

            Las naturales “piquillas” entre individuos o grupitos, quedan neutralizadas por el superior ordenamiento de un grupo humano regido por los principios de la convivencia, la tolerancia, la comprensión y la ayuda mutua,  válidos desde la más tierna infancia hasta la senectud.

 

            La voluntad de llegar al arte por el arte, sin esperar nada a cambio más que la propia satisfacción – que no es poco – y el hacer la vida más agradable a los demás…

 

           La dirección, la capacidad técnica y organizativa de quienes dirigen el grupo, con propósito claro, con técnica brillante, con sacrificio desinteresado.

 

            Y han de tener en cuenta que no es solo el triunfo de hoy lo que más vale. Estos niños y niñas y adolescentes que forman el CORO, han de ser siempre amigos, en mayor o menor grado, pero han de recordar toda la vida aquellos momentos tan agradables que han logrado en una acción comunitaria, que no hubiere existido sin unos y otros.

 

            Y cuanto digo es aplicable así mismo al grupo de gaiteros XENTE NOVA. A unos y otros les deseo y ruego que continúen sin desmayo. Tropiezos, desavenencias, dificultades “hailas”, pero si prevalece la afición, el gusto por la Música , todo se vence, todo se lleva a buen fin.

 

            Es satisfactorio, es una riqueza que perdura, es gratificante  hasta los años postreros.

 

            Os anima, os lo desea,  os lo recomienda la experiencia de un bardo viejo del arrabal.

Modificado el ( jueves, 06 de diciembre de 2007 )
 
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